podemoscongresoLa aparición en el antro de los diputados del look informal de Alberto Rodríguez, así como la del bebé hambriento de Carolina Bescansa, han supuesto una operación de marketing político de lo más efectivo en favor de esos nuevos partidos que ocupan por primera vez sus asientos en el congreso. Hasta tal punto ha sido efectiva esta campaña que, en buena parte de mi entorno inmediato, parece haberse despertado la ilusión de una supuesta lucha de clases que habría logrado extenderse hasta las mismas entrañas del congreso. Nada más lejos de la realidad…

Ni unas rastas ni una demostración de lactancia materna en el hemiciclo hacen que esas personas inexorablemente sean de nuestra misma clase. Bajo esa apariencia, y tras esa campaña de marketing, la realidad continúa dividiéndose entre gobernantes y gobernados. Da igual como se vistan, o la ideología que tengan. No os confundáis. Os podrán parecer más cercanos, sí, pero no dejan de ser personas que se creen elegidas por la gracia divina para decidir por todos nosotros, para jugar con el fruto de nuestro trabajo y con nuestros recursos, como si fuéramos todos piezas sobre un maldito tablero de Risk. No convirtáis sus trifulcas en las vuestras.Apaga_la_tele_para_siempre Vuestra realidad está delante de vuestros ojos, a vuestro alrededor, con la gente con la que os relacionáis. No está dentro del televisor.

Esas personas pretenden guiar los destinos de cada una de nosotras y, así, decidirán sobre cuáles habrán de ser nuestras obligaciones, sobre los contenidos que habremos de estudiar, sobre cómo tendremos que organizar nuestras vidas, y sobre qué se hará con los recursos y los espacios del territorio en el que vivimos. Y lo harán con ese hálito de superioridad que les da tomar uno de esos exclusivos asientos de la cámara de representantes. Esa superioridad no la otorga un traje ni un vestido con clase, ni tampoco una correción protocolaria impecable. Se la brinda la poltrona; ese trono compartido que al final decidirá sobre todas nuestras vidas; esos 350 asientos cuyos acuerdos se impondrán sobre las voluntades, las voces y las vidas de más de 47 millones de personas. Semejante aberración organizativa resulta una absoluta inmoralidad, fueran quienes fueran los elegidos para guiar nuestros destinos.

bob-marley-dibujoUna cosa es que en nuestras vidas personales prefiramos tener amistades con una apariencia cotidiana y una conducta más natural y espontánea antes que un trajeado cualquiera sin personalidad, y otra cosa muy distinta es que nos preocupe la apariencia de nuestros amos más que el hecho mismo de tener que vivir con amos. Podéis llamarme prejuicioso, porque personalmente prefiero antes a un colega con rastas que otro trajeado. Pero a ese colega lo quiero a mi lado, y no dirigiendo mi vida.

Yo no quiero que nadie maneje mis derechos, quiero defenderlos yo y practicarlos yo, con mi gente, con los míos, sin tener que imponer ninguna de nuestras decisiones a nadie. Incluso aunque estuviera de acuerdo al 100% con las decisiones de un determinado grupo parlamentario, aún así, jamás querría que se le impusiera a quienes no estuvieran de acuerdo. Si apoyara a un gobierno que fuera acorde a mi voluntad, entonces estaría legitimando la imposición de una mayoría sobre los demás. Y eso es algo que mi conciencia no es capaz de aceptar.

titular_politica¿Qué ocurre entonces con esas esperanzas surgidas ante la apariencia de un posible cambio en la política de este país? Teniendo en cuenta lo ya señalado, el hecho de que una serie de personas (con una apariencia y conducta distinta a la habitual) estén accediendo a puestos de poder, realmente no va a suponer ningún cambio profundo, ni tan siquiera mínimamente reseñable. Si algo nos ha enseñado la historia es que los grandes cambios han venido sólo cuando se ha derrocado por completo un determinado régimen, o cuando éste se ha acabado quedando obsoleto y como consecuencia se ha visto consumido por su propia inestabilidad. Desde el poder no se cambia nada, desde el poder sólo se ejerce el poder. Y su razón de ser es perpetuarse.

Sin ir más lejos, lo que podemos ver en nuestro entorno inmediato, que es donde al fin y al cabo ocurren las cosas de verdad, es que la gente sigue haciendo igual: esperando que alguien aparezca para solucionar sus problemas. Nada ha cambiado ni tiene visos de cambiar, pues seguimos delegando y dejando nuestro destino en manos ajenas. ¿Podemos realmente sentir algo de esperanza cuando esa es la tónica general?

sisifoDado el efecto inmovilista que producen, nada debemos seguir esperando desde tan elevadas instancias, a no ser que queramos continuar viviendo una frustración continua y una decepción detrás de otra a lo largo de una eterna dependencia. Ahora bien, si lo que queremos es aspirar a una mínima seguridad, y a una autonomía que nos permita mantenerla, no nos queda más opción que seguir tratando de asumir reponsabilidades propias. De encargarnos nosotros mismos de nuestros asuntos. De comprometernos con nuestro entorno. De confiar más en las personas con las que convivimos. De fortalecer relaciones con aquellas personas con las que poder construir un entorno seguro, en lugar de seguir vagando aislados a merced de las decisiones de quien ni siquiera nos conoce.

Tenemos instinto, tenemos capacidad y tenemos fuerza. Por supuesto que sí. Y también sabemos que se pueden cambiar las cosas. Si no fuera así, la humanidad no hubiera llegado hasta donde ha llegado, para bien o para mal. Podemos provocar cambios por nosotros mismos, y no precisamente manifestándonos ni dando pataletas (pues quejarnos y pedir cosas a los gobernantes tan solo legitima la necesidad de su existencia). Además, sabemos hacerlo de forma mucho más eficiente que los gobiernos.

Por todo ello, se hace cada vez más necesario estudiar, explorar e ir poniendo en práctica todas las vías y soluciones posibles que nos permitan ir desarrollando nuestra propia autonomía; que nos permitan construir relaciones sanas con voluntad y compromiso para hacerse cargo de sí mismas y entre sí; que nos permitan desarrollar una capacidad productiva propia; que se construya sobre una base ética sólida y respetuosa con todas las demás personas; y que aproveche lo que cada una pueda aportar.

Necesitamos a otras personas, claro que sí. A muchas.
Pero las necesitamos a nuestro lado, no por encima de nosotros.

Vikings