1705, 2015

La religión del voto

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Iglesia y Estado

Una cuestión de fe.

Imaginemos una persona que se declarase como no creyente, escéptica o atea, y que tuviese la intención abierta de iniciar una línea de acción definitiva encaminada a luchar contra la intromisión ilegítima de la iglesia en nuestras vidas, y también para hacer más irrelevante el poder coactivo de la iglesia en nuestra sociedad… ¿Qué pensarías si esa persona nos expusiera el siguiente planteamiento?

“Piénsalo bien, que tú decidas no ir a misa eso no va a hacer que acabemos con la iglesia, ni va a impedir que dicha institución siga manteniendo oscuros acuerdos económicos con otros poderes, ni va a evitar tampoco que siga obteniendo toda clase de privilegios y beneficios a nuestra costa. Asúmelo, todo seguirá exactamente igual independientemente de tu obstinación con no ir a misa. Por tanto, la actitud inteligente y correcta que deberíamos asumir, sería ceder y comenzar a ir a misa religiosamente siempre que podamos, y así al menos podríamos participar de alguna forma en el proceso y aportar lo posible de nuestra parte para ir cambiando la institución, o… ¡incluso mejor aún! ¡podríamos presentarnos a monaguillos e intentar ir cambiando la iglesia poco a poco desde dentro! Sin duda, esa sería la única forma real de cambiar las cosas”.

Estado igual a IglesiaSuena todo muy lógico y coherente, ¿verdad? Tras este disparatado razonamiento, lo más probable es que diéramos por hecho que nuestro interlocutor se encuentra gravemente alterado por ingentes cantidades de alcohol u otras drogas, o sencillamente que ha perdido toda capacidad de raciocinio. Sin embargo, el mismo incongruente razonamiento parece que se asume con mayor naturalidad cuando lo aplicamos a otras instituciones. Por ejemplo, probemos a cambiar en el texto “ir a misa” por “votar en las elecciones”, “iglesia” por “gobierno corrupto” y “monaguillo” por “candidato a las elecciones”. Y así es como hubiera resultado la misma exposición:

“Piénsalo bien, que tú decidas no votar en las elecciones eso no va a hacer que acabemos con el gobierno corrupto, ni va a impedir que dicha institución siga manteniendo oscuros acuerdos económicos con otros poderes, ni va a evitar tampoco que siga obteniendo toda clase de privilegios y beneficios a nuestra costa. Asúmelo, todo seguirá exactamente igual independientemente de tu obstinación con no votar en las elecciones. Por tanto, la actitud inteligente y correcta que deberíamos asumir, sería ceder y comenzar a votar religiosamente […]

2505, 2014

No quiero participar

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Abstención ActivaAnte las insistentes campañas de condena, ridiculización y culpabilización de la abstención que se suceden religiosamente en cada proceso electoral, me dispongo a recoger algunas de las explicaciones y razonamientos que con gran lucidez han tratado de exponer algunos internautas, a través de las redes sociales, sobre el por qué de esta opción electoral.

Por ejemplo, Carlos Taibo, aún sin estar de acuerdo con parte de su discurso político, sin embargo sí que pienso que apunta con certeza cuando dice que…

“Me parece muy bien que mis ‘amigos’ de Facebook presuman aquí de sus lujuriantes querencias electorales y de los éxitos para los que se preparan. Pero no soporto la petulante estulticia de los alegatos contra la abstención. Quienes a edades provectas no se han dado cuenta de para qué sirven las elecciones y de lo que significan sus sacrificados líderes carismáticos -qué capacidad para combinar la estupidez y el vacío-, sus pulidos partidos y sus reconfortantes programas al menos deberían tener la prudencia de no molestar, por cortesía, a las gentes que, con su pobre cabeza, no quieren ni dioses ni amos, ni pastores ni rebaños”.

“Qué duro es tener que explicar que abstenerse no es desmovilizarse, de la misma suerte que votar ni es movilizarse ni acarrea ninguna acción, que no sea imaginaria, sobre el sistema que convoca, organiza y se beneficia de las elecciones”.

“Todos los manuales de Ciencia Política, sin excepción, explican que las elecciones configuran un procedimiento que facilita la integración de las personas en el sistema y el afianzamiento de un sentimiento de pertenencia en torno a aquél. Para eso se inventaron. La abstención, por lo demás, ni beneficia ni perjudica a los grandes partidos (a menos que, claro, queramos decir que quien no vota a un partido pequeño beneficia, indirecta y prosaicamente, a aquéllos). Aunque esto me importe poco, debo subrayar que lo que beneficia a los grandes partidos es el voto en blanco y aquel que se encamina a opciones que al cabo no consiguen representación. La alternativa, en fin, es la lucha, sin aguardar que nadie haga por nosotr@s lo que debemos hacer nosotr@s mism@s. Esa alternativa, ciertamente, ni es […]