Nunca he conseguido dormir regulado según los ciclos circadianos con los que funciona la mayor parte de las personas. Esto me ha hecho ir siempre a remolque, tratando de adaptarme a unos ritmos y unos horarios que no coinciden con mis ritmos biológicos. Don Quijote y los Molinos de VientoLo cual se ha acabado traduciendo, entre otras cosas, en una disminución notable de mis horas de descanso nocturno. Y, no se si será por eso, que tengo una gran facilidad para soñar despierto. Me gusta mucho esa expresión ya que, aunque se suele asociar al ensimismamiento y la evasión de la realidad, para mí es al contrario: es una forma de trasladar un poco del mundo de los sueños a la realidad, del cielo a lo terrenal, de lo mágico e imposible al día a día indefectible. Soñar despierto vendría a ser como la conexión inicial entre lo ideal y lo pragmático. ¿Y qué puede tener de especial conectar ambos mundos como para dedicarle esta pequeña reflexión?

Entendiendo el idealismo (el cielo) como la capacidad de imaginar, de soñar, de proyectar o de desear un estado interno o externo que aún no existe; y entendiendo el pragmatismo (la tierra) como la capacidad de hacer, de construir, de practicar o de materializar nuestro entorno de forma funcional; podríamos decir, esbozando cierta alegoría poética, que:

  • El idealismo sin pragmatismo se evapora como una nube. Precisa de la acción de la lluvia para conectar con la tierra y permitir así que la vida germine.
  • Del mismo modo, el pragmatismo sin idealismo se convierte en tierra yerma. Precisa de nubes que proyecten algo de lluvia sobre la tierra para que ésta sea fértil.
  • Pero, una vez que idealismo y pragmatismo coinciden, no existe tierra, ni asfalto, lo suficientemente árida, o inquebrantable, que impida que quien se lo proponga consiga abrirse camino.

Flores en el Asfalto