Aceptémoslo: el mundo alberga lugares y experiencias maravillosas, pero también esconde una enorme cantidad de desgracias y de miseria. Ahora bien, ¿por qué este empeño creciente en nuestra sociedad para caramelizar y ocultar como perros rabiosos lo más perverso y dañino de la realidad de nuestro mundo? Si queremos y esperamos que, tanto en el presente como en un futuro, cada vez más personas puedan dedicarse a ofrecer soluciones o paliativos para muchos de nuestros males, ¿no sería lo lógico que nos familiaricemos antes, de forma realista, tanto con lo mejor como con lo peor del ser humano? De la misma forma, si continuamos educando a nuestros hijos acostumbrándoles desde pequeños a la ceguera, el futuro que les espera inevitablemente será cada vez más negro.

En relación a esta cuestión, Lea Vélez, una interesantísima escritora que podéis seguir tanto en su perfil de twitter como también en facebook, comparte esta reflexión con una sinceridad, mordacidad y lucidez realmente brillantes:

“Si veis un estado de FB en el que mis hijos hablan de hacer la guerra, os pido encarecidamente que os guardéis las ganas de predicar sobre lo mala que es la guerra porque ya tuve bastante con la profesora que quiso castigar al de 9 por disparar con el dedo. Además, lo siento, pero es que llevo fatal, pero muy mal, la ñoñería. Me pregunto por qué. ¿Por qué empiezan a crecerme las uñas, salirme pelo por las fosas nasales y largos colmillos hambrientos de sangre?

Me pregunto de dónde nace esta rebeldía asesina contra la frase ñoña. La frase obvia y banal que criminaliza con palabras el pensamiento complejo. Me psicoanalizo. Sí, sí, en esta vida una mujer moderna que se precie ha de ser su propia Marie Curie, su propia chistera y su propia psicoanalista. Me psicoanalizo y creo que la ñoñería despierta toda mi violencia porque me lleva de un bofetón verbal a la infancia. Es la magdalena del terror. Me devuelve a un lugar en el que los pensamientos ingeniosos de una niña profunda son despachados con etiquetas como: “la guerra es mala”, “dios es bueno”, “viva la paz mundial”, “querámonos todos”…

Desde que tengo memoria he tratado de escapar de esas frases como de la fucking peste porque debéis saber que los niños piensan, piensan muchísimo y tienen hambre, voracidad, de explicaciones largas, explicaciones sobre la industria armamentistica, la kriptonita, la física de los electrones y la Navidad. La ñoñería es una cobardía. Es evitar en una frase revelar ante el ojo inocente y ansioso del niño lo que no se sabe. “Ya lo entenderás”. Es no entrar. No entrar en el conocimiento ni en el barro de la explicación. Las ñoñeces son como tapones de botellas. Tapones de corcho que encierran el conocimiento mundial al alcance de una mano infantil. Lemas imposibles (“si eres bueno te traerán regalos”) sobre dinteles de puertas cerradas a la realidad, al conocimiento profundo de la raíz del conflicto, de la naturaleza humana, del arte, del amor.

El colegio, para mí, era el lugar donde se suturaban cerebros y se tapiaban ojos con frases políticamente correctas, falsas todas. Falsas por simplificación. Lo peor es que el colegio sigue aquí, entre los adultos. Es un gas que se cuela por las grietas. Esta por todas partes. La ñoñería es un residuo de una bomba atómica, atraviesa las paredes todos los días, infectando mi irreverencia, normalizando mi lenguaje, paralizando mi lengua, mis palabra, mis frases. Recortando complejidad. La ñoñería es un contagio social de autodestrucción.”

Ocultar la mierda no soluciona el problema…