Abstención ActivaAnte las insistentes campañas de condena, ridiculización y culpabilización de la abstención que se suceden religiosamente en cada proceso electoral, me dispongo a recoger algunas de las explicaciones y razonamientos que con gran lucidez han tratado de exponer algunos internautas, a través de las redes sociales, sobre el por qué de esta opción electoral.

Por ejemplo, Carlos Taibo, aún sin estar de acuerdo con parte de su discurso político, sin embargo sí que pienso que apunta con certeza cuando dice que…

“Me parece muy bien que mis ‘amigos’ de Facebook presuman aquí de sus lujuriantes querencias electorales y de los éxitos para los que se preparan. Pero no soporto la petulante estulticia de los alegatos contra la abstención. Quienes a edades provectas no se han dado cuenta de para qué sirven las elecciones y de lo que significan sus sacrificados líderes carismáticos -qué capacidad para combinar la estupidez y el vacío-, sus pulidos partidos y sus reconfortantes programas al menos deberían tener la prudencia de no molestar, por cortesía, a las gentes que, con su pobre cabeza, no quieren ni dioses ni amos, ni pastores ni rebaños”.

“Qué duro es tener que explicar que abstenerse no es desmovilizarse, de la misma suerte que votar ni es movilizarse ni acarrea ninguna acción, que no sea imaginaria, sobre el sistema que convoca, organiza y se beneficia de las elecciones”.

“Todos los manuales de Ciencia Política, sin excepción, explican que las elecciones configuran un procedimiento que facilita la integración de las personas en el sistema y el afianzamiento de un sentimiento de pertenencia en torno a aquél. Para eso se inventaron. La abstención, por lo demás, ni beneficia ni perjudica a los grandes partidos (a menos que, claro, queramos decir que quien no vota a un partido pequeño beneficia, indirecta y prosaicamente, a aquéllos). Aunque esto me importe poco, debo subrayar que lo que beneficia a los grandes partidos es el voto en blanco y aquel que se encamina a opciones que al cabo no consiguen representación. La alternativa, en fin, es la lucha, sin aguardar que nadie haga por nosotr@s lo que debemos hacer nosotr@s mism@s. Esa alternativa, ciertamente, ni es fácil ni garantiza nada. Es más ‘realista’, sin embargo, y a mi entender, que la que plantean quienes creen que esto es posible cambiarlo desde las instituciones (o quienes dicen querer combinar, siempre sin tino, la calle y el parlamento). Llevo cuarenta años certificando, cada cuatro, que esos otros ‘realismos’ suelen ser desmovilizadores, tanto más cuanto que quienes se nos ofrecen como nuestros liberadores no parecen tomar nota, o lo hacen retóricamente, de lo que significan la corrosión terminal del capitalismo y un colapso que se acerca a marchas forzadas. He pedido sin más, en fin, que no se demonice la abstención”.

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También me he encontrado hasta el hastío por las redes con el razonamiento de que abstenerse en las votaciones no sirve para nada, que no acabará con el sistema, ni sacará a los grandes partidos de su posición hegemónica. Todo ello apoyado por simulaciones electorales cada cual más tramposa. Y es cierto, pero no se trata más que de una serie de razonamientos absurdos, pues no creo que sean precisamente esas las consideraciones que sostienen aquellas personas que practican la abstención electoral. Una persona no se abstiene porque dicha renuncia al ejercicio del voto pueda servir para algo por sí misma. Tampoco lo hace pensando en términos de resultados ni de cifras electorales. Una persona se abstiene principalmente por desafección o por coherencia; esto es, porque ha dejado de creer en la efectividad del voto,abstencion-no-voto porque ve toda una realidad con posibilidades más allá de las elecciones y del delegacionismo parlamentario, o porque no desea que unas personas decidan por otras. Y, en ambos casos, no se pretende conseguir efecto alguno. Sencillamente no se está de acuerdo con dicho sistema de participación política, y punto.

De la misma forma, hay personas que evitan comprar cierta ropa elaborada en China o en La India por estar fabricada en base a condiciones laborales de explotación salvaje o incluso de esclavitud. Y eso no va a evitar que se siga fabricando ropa con esas condiciones laborales en esos países. Todo seguirá igual. Pero al menos esas personas actúan de forma coherente con sus valores éticos, negándose a participar y colaborar con un sistema de producción injusto. Y por supuesto, esas personas no podrían ser culpables bajo ningún concepto de que en el continente asiático se fabriquen ropas con semejantes condiciones. ¿Por qué iba a ser igualmente culpable un abstencionista de las injusticias de un sistema electoral tramposo?

Cambiando de tercio, en otro debate Juanmi, un lúcido compañero, nos regala esta reflexión que sintetiza perfectamente mi posición particular al respecto:

“¿En serio vamos a tener la culpa de que sigan los malos? El sistema está preparado para que salga alguien sí o sí. El problema está en el falso dilema que presenta la gente pro-voto, intentando poner contra la espada y la pared a la gente que no vota. Lo de elegir “el menos malo” por una supuesta causa pragmática es una trampa muy defectuosa. Si decido conscientemente no tomar parte de un sistema, nadie puede acusarme de la consecuencia o resultado final de tal sistema. Y tampoco caigo en lo de “todos son iguales”. Durante bastante tiempo he sido favorable a la vía estatal como un medio más de lucha, pero si ahora decido no participar en esa vía… qué pasa? parece que es que ahora no me importara la política. Si no voto no es por dejadez, sino por decisión consciente. No necesito delegar en nadie nada que yo, en conjunción con mi comunidad real, pueda/podamos hacer o impulsar en nuestro entorno y sin atenernos al marco reglamentario impuesto mediante el monopolio de la violencia. El mundo no tiene por qué ser tan democrático como lo pintan, más allá de la normativa de la mayoría las relaciones sociales y económicas reales funcionan de manera pluriárquica. El problema es que tenemos metido tan adrede la necesidad de la santa democracia (parlamentaria, eso sí) que no concebimos un cambio en la estructura social si no es por medio de una masa mayoritaria difusa <izquierda, clase obrera, pueblo> que se sobrepone a otra <oligarquía, derecha, 1%> El mundo no se cambia solamente delegando cada cuatro años sobre la partitocracia o pegando cartelitos y haciendo manifas, también se cambia construyendo el tuyo con los tuyos (que por cierto es la mejor forma de destruir el suyo). Día a día, ladrillo a ladrillo, azada en mano, sembrando el camino”.

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Aunque en el fondo no veo mal que haya gente que con libertad quiera participar en unas elecciones (al igual que en alguna ocasión yo mismo he hecho también) para mejorar las condiciones posibles entre las limitaciones que nos imponen, lo que no puedo entender es que culpabilicen de sus miserias a quien se abstiene. Semejante incoherencia sólo deja clara la insensatez y poca catadura moral e incoherencia de aquellos que arremeten contra la persona que libremente decide no votar.

Seguiré pensando, eso sí, que cuando una persona vota, lo hace para que otras personas decidan por ella. Y si bien entiendo que voten, el hecho de que algunas de esas personas no entiendan que yo no desee participar ni delegar en nadie, creo que visibiliza bastante bien quién sufre realmente de estrechez de miras.

Hoy mismo, por ejemplo, debatiendo sobre la abstención me decían lo siguiente: Imagina que 10 personas quedamos para tomar café, todas tenemos claro que queremos café, unos querrán cortado, otros con leche, otros solo, etc… Si tu dices «me da igual» te pondrán cualquier cosa y otra persona decidirá por ti, y seguramente no te gustará lo que te pongan. Habrá otros que tendrán muy claro lo que quieren y presionarán para que se haga a su manera.

Mi respuesta fue ésta: Vote o no vote existe el problema de la no representación. En el ejemplo que has puesto denotas tu fe ciega en la representatividad real y efectiva de las elecciones. Esa representatividad es falsa. Siguiendo tu ejemplo, la realidad es como si fuera con 10 personas para tomar el café y cuatro piden un cortado, tres un café con leche, uno un bombón, otro un belmonte, y nos dicen que por cojones nos van a poner el café que haya elegido la mayoría. Es decir que a todos nos van a poner un cortado nos guste o no. Y me doy cuenta de que si yo eligiera otro tipo de café, igualmente me pondrían el cortado, o de que si yo eligiera un café con leche, igualaría las fuerzas y podría facilitar que se consiguiese que todos tomen café con leche. ¿Y por qué iba yo a querer obligar a todos tomar una cosa u otra? Eso es lo que me pasa, que no me parecen justas esas reglas de representación, porque para mí son coactivas. No me gusta, lo siento. No quiero participar en algo así. Ni tampoco eso debería ofenderte”.

A colación de esta incompresible incapacidad de comprensión hacia el abstencionista, me encuentro en uno de tantos debates con esta poética cita de Sébastien Faure, “La podredumbre Parlamentaria”:

“Se abstienen porque no quieren participar en los crímenes gubernamentales; y porque saben que quien se acerca al poder se hace cómplice, no implícita sino explícitamente, de todos los crímenes cometidos por los gobiernos.
Se abstienen, porque quieren permanecer en la muchedumbre, porque desean estar en contacto con la masa que trabaja brutalmente, que sufre, que soporta la autoridad y que está exasperada.
Se abstienen, porque entienden que de ese modo conservan intacto su derecho a la revuelta. Si votáis perdéis el derecho a la insurrección, y desde entonces os inclináis ante la ley del número, ante esa fuerza ciega y estúpida”

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Y para terminar, copio y pego también una de las analogías a la que recurrí en otra conversación para tratar de explicar cómo entiendo la abstención:

“Hay vida más allá del voto. Valorar las cosas sólo desde la lógica de un juego creado con unos intereses muy concretos, es limitar esa misma valoración. Es como si te meten en un campo de concentración y de repente te dicen que las reglas del juego del campo de concentración es que puedes escoger el capataz que te ordene (los hay que dan latigazos, los hay más benevolentes, los hay que reparten más comida a sus amigos, y los hay que tratan de ser un poco más equitativos), pero al fin y al cabo sigues viviendo en un puto campo de concentración, limitado a discurrir tan sólo dentro de sus carcelarios muros. Y aunque de entre todos los capataces los haya mejores o peores, todos sirven a los dueños del campo de concentración, y por tanto te acaban imponiendo de mejor o peor manera todo tu horario y tu programa de trabajo dentro del campo según los designios de quien en última instancia ordena. Y que venga alguien a decirme dentro de ese hipotético campo de concentración que no votar a un capataz o a otro, es lo mismo que votar a los dos más votados”.

Ante lo cual me responden que…

siguiendo el ejemplo, imagínate un capataz que está en contra de la cárcel y quiere liberar a todo el mundo o que está en contra de que haya capataces…. Opciones políticas las hay de todos los colores, aunque cada vez dificultan más que “capataces” nuevos con nuevas ideas puedan presentarse a ser elegidos. Y que conste que todo mi respeto para la gente que no quiere participar del sistema votando, de hecho yo aún tengo mis dudas porque me parece muy dificil que algo cambie así, pero lo veo como una cosa más en la que buscar la coherencia. Tengo claro que no votando, si la intención es no votarles a ellos, salen beneficiados, porque no se tiene en cuenta para el reparto del poder la población con derecho a voto sino la población que ha ejercido ese derecho, es decir, el número total de votos. Si de 45 millones de personas sólo votaran 1000, y les votaran a ellos, estoy seguro que se seguirían repartiendo el poder con toda la legitimidad que les concede este sistema. Ahora si esos 1000 votaran cada uno a 1000 partidos distintos, el sistema colapsaría”.

Y concluyo exponiendo lo siguiente:

“Has descrito muy bien en qué consiste la ilusión de la democracia en un sistema representativo. Siguiendo con la analogía, en el supuesto de que hayan capataces que quieran liberar a los presos, si eso se diera, le echarían inmediatamente de su puesto. Porque el capataz, al igual que el político, no es quien ejerce todo el poder. Tan sólo son quienes tienen el monopolio de la fuerza para hacer que se cumplan las normas, esa es la pequeña cuota de poder de la que disponen. Son sólo eso: un puesto más dentro de todo un engranaje, un puesto que tiene una función muy concreta que cumplir, y si no la cumple uno, la cumplirá otro.
Además, para tratar de liberar a los presos tampoco es necesario hacerse capataz, pues hay muchas otras formas de tratar de escapar o ayudar a escapar. De hecho, posiblemente, hacerse pasar por capataz sea la forma menos eficiente de lograr tal objetivo.
Por otro lado, lo de colapsar al sistema electoral, aún considerando la posibilidad de conseguir dividir la cuota electoral por múltiples opciones de forma que resulte una democracia representativa ingobernable, en tal caso no se está considerando que las fuerzas militares continúan estando bajo las órdenes y la influencia de unos intereses muy concretos, así como el resto de bienes y servicios básicos para la supervivencia seguirán estando en manos de figuras más poderosas que las simples marionetas políticas.
Por eso insisto en mirar más allá de las simples reglas del juego electoral.
Aún con todo, respeto y entiendo que se aproveche dicho juego para intentar pasar lo mejor posible la estancia en la prisión, dentro de la falta de libertad que tenemos. Me entristece, eso sí, ver cómo cuando se acercan las elecciones de repente a todo el mundo le interesa la participación democrática, política, social y económica, pero el resto del tiempo pasan olímpicamente. Son las cosas del delegacionismo”.