¿Te has preguntado alguna vez por qué, después de tantos años tomando tus propias  decisiones en circunstancias únicas, tu vida ha acabado siendo prácticamente idéntica a la de millones de personas en todo el mundo? Sabemos que cada persona es única y diferente a las demás, y que cada una tiene su propia forma de entender el mundo que le rodea. Entonces, ¿por qué acabamos todas haciendo prácticamente las mismas cosas o recorriendo similares caminos? ¿Por qué tantos sueños y posibilidades imaginadas como tenemos a lo largo de la vida van irremediablemente desvaneciéndose con el tiempo? Diferentes o Iguales¿O por qué las opciones para poder construir nuestra vida son tan escasas y limitadas, y no terminamos de encajar del todo en ninguna de ellas? ¿Qué hace que no podamos desarrollar una vida única y diferenciada del resto? ¿Tenemos realmente libertad para expresar nuestra propia identidad? ¿O nacemos programados para sucumbir a los condicionamientos sociales? En tal caso, ¿quiénes son los que deciden cómo hemos de ser los demás?

Un pequeño paréntesis.

Antes de tratar de abordar estas cuestiones, si realmente te suscitán algo de interés, te pediría tan sólo que dedicaras un pequeño esfuerzo a leer con detenimiento lo que trato de exponer. No porque vaya a revelar algún secreto, que no voy a hacerlo, ni tampoco porque haya descubierto el sentido de la vida, ni porque desee imponer mi razón sobre otras, pues no creo estar en posesión de ninguna verdad. Tan sólo es porque creo que se tratan de cuestiones que tienen la suficiente importancia como para ser reflexionadas y debatidas con un mínimo de calma y algo de tiempo. Y más en los tiempos que corren, en que la crisis no sólo está reduciendo a escombros la economía, sino también toda nuestra estructura social, nuestra forma de relacionarnos y nuestros propios valores.

Sé que es bastante complicado encontrar momentos en los que poder concentrarse, y más con la vorágine en que nos encontramos sumidos cada día: antes de salir el sol ya suena tu despertador, te vistes corriendo, te tomas el café de un trago y corres al centro de estudios o al trabajo, donde pasarás más de un tercio del día sin poder pensar apenas en otra cosa,estres_laboral_rutina_diaria si acaso alguna pausa para respirar o para solucionar algún papeleo en el banco o la administración pública, y de repente ya es la hora de comer, eso sí, rápido que enseguida hay que volver al curro o a estudiar, ni siquiera sabes qué día de la semana es, tan sólo que es un día menos para el fin de semana, ¿te queda algo de tiempo antes de que anochezca? si no es así toca joderse, es lo que hay, y si lo tienes, intentas pasarlo fugazmente con amigos o familia, apenas sin darte tiempo a profundizar en las relaciones, pero al menos no pierdes el contacto que ya es suficiente, ahi vá, ya es de noche, a cenar, ¿queda un ratito para el ocio? pero que sea rapidito y no me haga pensar mucho que enseguida hay que acostarse para volver a empezar en pocas horas otro día igual…

Es cierto, parece bastante complicado encontrar algún hueco entre toda esa maraña rutinaria para poder hacer alguna actividad con serenidad y dedicarle el tiempo que merece. Por eso prefiero que, si andas con prisa, no hagas de este texto una lectura rápida y superficial para después continuar con otra cosa como si nada, dejando desvanecerse así un momento de autorreflexión productivo que tanta falta nos hace. Mejor busca el momento adecuado, lo justo para dedicártelo con una lectura algo más sosegada. En realidad tampoco te llevará mucho tiempo, pero al menos intentaremos que ese tiempo nos pueda servir para algo más que tan sólo para pasar el rato.

Resistiendo al tsunami.

Por norma general, no solemos pararnos a pensar en el mundo que nos rodea. Bastante tenemos ya con nuestros propios problemas, es verdad. Pero con poco que hagamos una visión rápida y superficial, cualquiera puede darse cuenta enseguida de la cantidad de injusticias, contradicciones y miserias que se dan cada día: precios cada vez más caros de productos y servicios básicos (luz, agua, medicamentos, transporte, alimentación, etc),  pobreza, hambre, desahucios, despidos injustificados o trabajos mal remunerados con condiciones lamentables, impuestos que suben para costear servicios que bajan, problemas escolares, problemas de salud, dependencia bancaria, leyes coercitivas, abusos, corrupción, egoísmo, violencia, miedo… algunas de las cuales acaban formando parte de esos problemas cotidianos que tanto nos absorven y nos obligan a encerrarnos en nuestras aisladas vidas. De hecho, cuando captamos alguna visión en conjunto de la realidad en que vivimos, en un primer momento hasta nos puede dar algo de vértigo, y por eso preferimos no ahondar mucho en semejante lodazal. Siempre, claro, que consigamos mantenernos un poco a flote, pues cuando somos quienes caemos en lo más profundo de la crisis se hace inevitable tener que ver y vivir en primer plano las miserias que nos rodean a la vuelta de cada esquina. Hay personas, sin embargo, que desde que nacen están condenadas a no poder salir a la superficie, que no han tenido otra opción en la vida que la de verse anegadas en esa miserable profundidad que otras personas más afortunadas evitamos tan siquiera mirar.

Pero, ¿hasta qué punto puede darnos cierta estabilidad intentar no pensar en todas las cosas que nos rodean? ¿De qué nos protege la indiferencia? ¿O qué tan seguro es evadirnos en la ociosidad para ver sólo la apariencia amable del mismo sistema que por otro lado genera tantas miserias? ¿Esa actitud nos garantiza realmente que continuemos flotando? ¿Acaso va a facilitar que podamos sortear sin un rasguño una crisis como la actual, que está arrastrando hasta el fondo a millones de personas que poco antes se sentían también a salvo? ¿O podría ser  que precisamente el hecho de no pensar en nuestro entorno es lo que nos ha llevado a encontramos flotando sobre una inmensa y amenazante marisma que ni siquiera comprendemos? No estoy diciendo que tratar de sobrevivir, o de vivir lo mejor posible, o disfrutar de momentos de ocio sea algo perjudicial y nocivo para nosotros, sino que hacerlo huyendo de la realidad que nos rodea quizá no sea la forma más inteligente ni prudente de hacerlo.  ¿No servirá de algo, por poco que sea, tratar de reflexionar sobre todas estas cuestiones que en mayor o menor grado nos afectan? Sin duda, servirá de mucho más que seguir ignorando una situación que, por más que miremos hacia otro lado, sabemos que día a día va empeorando y extendiéndose de forma implacable. Y para ello no queda más alternativa que enfrentarnos a ese vértigo, agarrarse a él sin miedo, y asomarnos a las entrañas del mundo. ¿Por qué? Precisamente por tratar de encontrar una explicación no sólo a los problemas generales de nuestro entorno, si no también a las propias adversidades que sufrimos como consecuencia. ¿Y para qué? Pues para enfrentar lo mejor posible todos esos problemas, para poder encontrar soluciones y, lo que es aún mejor, para saber cómo prevenirlos.

Como en un tsunami, esa fuente inagotable y creciente de temores y sufrimiento que llamamos crisis, está arrasando con todo cuanto se cruza en su camino. Asistimos atónitos ante tamaño espectáculo destructivo, sabiéndonos demasiado pequeños para poder evitar tanto daño. Pero no nos engañemos. Esto poco tiene que ver con una catástrofe natural. Esto es más bien el resultado de un sistema de vida, de una forma de relacionarnos, de una forma de ser y de estar en el mundo, que durante siglos hemos ido adoptando y que todavía hoy seguimos aceptando sin apenas cuestionarlo. Hay muchas otras formas de relacionarnos, de subsistir, de ser y de estar en el mundo, pero escogimos (o nos vimos presionados para) adoptar las normas sociales que actualmente imperan, y que hoy nos muestran algunas de sus peores consecuencias. Hay muchas personas responsables de toda esta problemática con la que nos enfrentamos a diario, incluyéndonos a nosotros mismos. Entonces, ¿por qué nos sentimos ante esta crisis tan impotentes y vulnerables como si de algún terrible terremoto o inundación inevitable se tratase? ¿Y por qué nos limitamos a lamentarnos de los males padecidos y a esperar que el temporal pase como si después todo pudiera volver de nuevo a su sitio sin tener que mover un dedo?

A la deriva.

La respuesta es que nos hemos convertido, como sociedad, en completos inútiles. En personas inválidas, dependientes e incapaces de tratar nuestros propios problemas entre nosotras. Como dóciles niños que, ante la imposibilidad de resolver una tarea o un conflicto, acuden corriendo hacia alguna persona adulta que les solucione el impedimento. Somos seres pasivos, sin necesidad de criterio propio, limitados a esperar las consignas y las órdenes que nos digan qué es lo que debemos hacer en cada momento. Una sociedad de pensamiento vago, que ya no siente la necesidad de comprender ni conocer las cosas, pues para eso hay expertos que se encargan de cada asunto, incluso de aquellos que pertenecen a nuestra intimidad. Una sociedad incapaz de organizarse por sí misma, incapaz de alcanzar acuerdos, o de apoyarse entre unos y otros, ya que para eso tenemos a supuestos representantes políticos, sindicales o empresariales que nos dicen cómo tienen que funcionar las cosas, y así evitar calentarnos nosotros la cabeza. Nos hemos ido poco a poco despojando de toda responsabilidad comunitaria y de todo esfuerzo encaminado a cubrir nuestras necesidades sociales, aislándonos en reducidos y recluídos nichos familiares que tan sólo velan por sus propios intereses, hasta el punto de acabar formando una sociedad completamente atomizada y desarticulada desprovista de la más mínima capacidad para tomar la iniciativa, organizarse o atender sus necesidades comunes. Una sociedad de una incompetencia y un borreguismo tales que a la más mínima ola o vendaval, nos vemos abocados al más terrible de los desastres. Como manadas de zombis, de muertos en vida, caminando en masa con el único objetivo en mente de conseguir alimentar nuestra pulsión vital e incontrolable por los cerebros, pero sin capacidad de observar nada más en el entorno, ni de comunicarse entre nosotros para colaborar y alcanzar el objetivo o para preveer peligros y defenderse, lo que nos convierte en un blanco demasiado fácil. Y lo peor es que nos hemos creído que de verdad somos incapaces de superar semejante estado de letargo, como si formase parte de nuestra esencia natural, como si no pudieramos ser capaces de ofrecer ni de aspirar a nada más como personas.

No creo en absoluto que nos guste ser así, ni tampoco que lo hayamos decidido de forma totalmente consciente. Existe un entramado muy sólido y poderoso que hace realmente difícil, aunque queramos, poder desarrollarnos fuera de los dictámenes del sistema, del control social y del costumbrismo. Una maquinaria perfectamente coordinada entre unos representantes políticos, unas fortunas apropiadas de los medios de producción y de los bienes y servicios básicos, y unos medios de comunicación, que dirigen y dan forma al funcionamiento social, controlando además que no podamos intervenir en él de ninguna forma. Un perfeccionado sistema de control que durante décadas lo ha ido impregnando todo: desde las costumbres sociales y la forma de relacionarnos hasta la forma de pensar, de educar, de trabajar, de consumir, de entretenerse y, en última instancia, hasta de vivir, de tal manera y con tanta insistencia e intensidad que hemos acabado asumiendo como algo natural que sean otros los que gobiernen, dirijan y den forma a nuestra realidad. Son tan pocos los asuntos de vital importancia y trascendentales que se nos permiten controlar, o en los que podamos intervenir, que hemos acabado creyendo que no tenemos más capacidad en esta vida que la de dejarnos llevar navegando completamente a la deriva.

Asomándonos a las profundidades.

¿Y cómo funciona ese mecanismo para tener semejante capacidad de control y dominio sobre la mayor parte de las personas? Se podrían escribir, y de hecho se escriben, cientos de libros respondiendo a esta cuestión, pero tan sólo trataré de hacer una resumida y somera visión de conjunto. Una mirada fugaz, desde nuestra embarcación a la deriva hacia las profundidades del mar, con la intención de visualizar las corrientes que van manejando nuestro rumbo y, quizá, deducir o intuir hacia dónde nos podrían estar empujando.

Efectivamente, con poco que hagamos una visión de conjunto, podemos ver que entregamos nuestra etapa de mayor crecimiento a un proceso formativo que, aunque es cierto que nos permite aprender muchas cosas útiles, no nos enseña a desarrollarnos como personas plenamente independientes, esto es, capaces de vivir exclusivamente por nosotros mismos.Colegio_Escuela_Fabrica La mayor parte de la formación que recibimos nos instruye principalmente hacia la adquisición de competencias que tengan cabida dentro de las cadenas de producción industriales imperantes, que por supuesto son propiedad de la clase adinerada. Esa propiedad de los medios de producción industriales cuenta, además, con la protección inquebrantable de la clase política mantenida a generoso sueldo por las mismas grandes fortunas propietarias. Al mismo tiempo, durante toda esta etapa, se nos educa para sentirnos satisfechos, y acabar considerando que ya hemos alcanzado el objetivo último de nuestra educación cuando conseguimos un empleo estable en algunas de estas cadenas de producción.

capitalismoLa otra media vida se sucede generalmente de forma rutinaria en ese mismo puesto de trabajo hasta que dejas de ser productivo. Un negocio redondo: nos fabrican como hordas de mano de obra adecuada a sus intereses, para que acabemos produciendo con nuestra fuerza de trabajo una gran riqueza, y tan sólo a cambio de una ínfima parte de todo lo producido por nosotros en forma de miserable salario. Simplificado así, parece terriblemente desmotivador, y lo peor es que no lo parece: lo es. La vida que nos tienen preparada desde que nacemos es sencillamente así. Y te preguntarás, ¿cómo es posible entonces que asumamos esto sin más? ¿Cómo es posible que no se produzca un abandono masivo de este tipo de vida?

Y es que no sólo nos han hecho creer que este tipo de vida corresponde a nuestra máxima aspiración. Además, de forma paralela a la vida laboral industrial, se ha construido toda una elaborada cultura del ocio y del consumo, a través de la cual nos evadimos, calmamos nuestros impulsos y dotamos de sentido a nuestras vidas. De esta forma, tener más ocio, consumir más o tener más posesiones, se convierte en el leit motiv principal de nuestra vida. Y como las escalas de producción industriales son cada vez mayores, todo el ocio, y los productos que consumimos, tienden a ser cada vez más homogéneos. Es por eso que al final acabamos pareciendo todos tan iguales.

Llegados a este punto, la cuestión quizá más importante a resolver es: ¿Puede un mundo tan mecanizado y diseñado para ser cada vez más idéntico, más homogéneo y más uniforme, servir para tantas personas diferentes como existen? Es importante esta cuestión, porque es precisamente una de las preguntas que más evitamos hacernos, ya que evidencia el enorme vacío y la falta de significado que han regido nuestras vidas. Y al mismo tiempo es la clave por la cual, a pesar del aparente equilibrio logrado entre el vacío existencial y el relleno superficial, cada vez hay más malestar en el mundo. Porque con este sistema, con esta forma de navegar por la vida, por mucho que consigamos acaparar y por mucho que tengamos, nunca podremos llegar a sentirnos nosotros mismos. ¿Cómo vamos a sentir que somos nosotros mismos haciendo exactamente lo mismo que el resto de la gente? Ahí es donde reside la gravedad de la crisis de identidad que genera este estilo de vida. Porque este sistema tal y como está organizado obstruye nuestra expresión propia e individual y, como consecuencia, impide la construcción de una sociedad plural y creativa, en lugar de la sociedad homogénea y terriblemente dirigida en la que vivimos hoy en día.

¿Y qué podemos hacer al respecto si ya desde pequeños nos han educado para no tener control sobre nuestra vida, si no más bien para aceptar las directrices y la forma de ser y estar con que supuestamente vamos a encajar en la sociedad? No estamos preparados para llevar nuestras propias riendas, ni para ser los dueños de nuestro destino. Hemos delegado el curso de nuestra educación. También cuando trabajamos delegamos nuestra capacidad de aportacion creativa y nos limitamos a cumplir órdenes.Yo soy libre Así es cómo todo está dirigido: no te quejes, vota, compra, consume, sigue la moda, y no lo cuestiones, ya se encargan otros de organizar la realidad por tí, para que no te tengas que molestar lo más minimo en pensar.

Como vemos, es cierto que hay muchas causas y que también hay culpables interesados en que hayamos alcanzado semejantes niveles de invalidez y dependencia, pero poder salir de este estado de incapacidad inducida es sólo responsabilidad nuestra. No nos queda otra: o tratar de coger las riendas con valentía y arrojo, analizando nuestro entorno para descubrir dónde estamos, cómo estamos, quiénes somos, qué queremos y qué podemos hacer por nosotros mismos, o continuar flotando a la deriva aún a riesgo de ser arrastrados por circunstancias que ni siquiera seremos capaces de preveer por no haber querido afrontar la realidad misma, ni entenderla, o por haberlo dejado todo en manos de otras personas para que decidan por nosotros. Nuestra capacidad para resistir cualquier tipo de desmoronamiento político, social o económico, como el que actualmente sufrimos, pasa forzosamente por recuperar la confianza en nosotros mismos, como individuos pero también como sociedad.

Un decisivo golpe de timón.

Cuando navegar por la vida aparenta ser algo sencillo, con el mar siempre en calma y siguiendo un trayecto cuyo inicio, cuyas paradas y cuyo final ya están predeterminados, es fácil no plantearse si hay otras formas de navegar u otros trayectos posibles. La máxima preocupación acaba siendo escoger el tipo de barco que nos gustaría adquirir, o elegir cuál de los itinerarios entre los que hay disponibles. Salirse de cualquier ruta preestablecida genera incertidumbre, ante el posible riesgo de acabar envueltos en alguna marejada. Por ello, se nos enseña que tratar de lanzarse mar adentro sin seguir una de las rutas prefijadas supone afrontar problemas innecesarios y asumir riesgos que podríamos evitar limitándonos a seguir las rutas diseñadas por supuestos expertos. A la derivaPero, ¿qué sucede cuando esa calma prometida y asegurada por todos esos expertos que dirigen y planifican se convierte en oleaje impredecible? Cuando tantas vidas comienzan a hacer aguas y tantos barcos navegan a la deriva en una situación incontrolable, en la que ninguno de los expertos se muestra como responsable ni es capaz de ofrecer solución alguna, entonces es cuando nos damos cuenta de que en realidad no tenemos ni idea de cómo navegar, ni de cómo afrontar cualquier imprevisto en alta mar. Es cuando comprobamos, tarde, que nadie nos ha enseñado a vivir, ni a tomar control de nuestro rumbo, si no tan sólo a asumir una serie de recorridos predeterminados. Y es en ese momento, en que el navío surca el mar viajando a la deriva y hacia un rumbo ingobernable, cuando nos hallamos en el instante crucial en que es preciso un golpe de timón que cambie la dirección de forma drástica, originando un nuevo trayecto que nos permita recuperar el control de nuestro barco, aunque no fuera el que inicialmente se había planificado.

Soy consciente de que es más fácil escribirlo que hacerlo. Y, aunque despertar del letargo y coger las riendas sea hoy más necesario que nunca, no es ninguna tarea sencilla. Para ello, primero deberemos mirarnos con sinceridad en el espejo; desnudarnos y despojarnos de toda apariencia para encontrarnos tal cual somos; hacer frente a la imagen idealizada que hemos construido acerca del mundo y de nuestra forma de estar en él; liberarnos de muchos de nuestros prejuicios; entender que hemos sido educados toda una vida para ser pasivos, serviles y dependientes; para que nos sintamos desautorizados a la hora de intervenir ante cualquier situación por muy injusta que sea; aprender a reconocer las cadenas que nos impiden entendernos a nosotros mismos, que nos alejan de nuestros intereses reales, que nos aislan, que nos debilitan como partes de una sociedad; asumir que muchas de las cosas que siempre hemos dado por hecho podrían estar equivocadas; y también descubrir nuestras propias contradicciones para hacerles frente; mirar cara a cara a nuestros propios demonios; descubrir que durante muchos años es probable que hayamos estado perdiendo el tiempo; salir de la cómoda y apacible (sólo en apariencia) zona de confort; y tomar una actitud activa hacia la vida, en lugar de esta pasividad despreocupada y obediente.

Por supuesto que no es fácil. Descubrir nuestro propio camino y hacernos con su rumbo no es algo que se pueda hacer inmediatamente, de hecho nos puede llevar el resto de vida que nos queda, pero sí es preciso ese primer golpe de timón que nos arranque de un día para otro de este navegar a la deriva, de este devenir hacia la nada, en que nos encontramos sumidos. Lo que obtenemos a cambio bien vale la pena, pues es el primer paso que nos va a permitir conocernos, saber de qué somos capaces, observar con más amplitud todo cuanto nos rodea para averiguar qué podemos aportar y cómo relacionarnos con otras personas para conseguirlo, cómo sentirnos útiles y realizados como personas, cómo proyectarnos en nuestro entorno de forma conjunta para construir un ambiente más amigable para todas, haciendo sociedad de forma activa, y cómo dotarnos de las herramientas que nos ayuden a convivir sin dependencias, de forma colaborativa, y que consecuentemente nos ayuden a ser más fuertes, tener más conocimientos, anticipar problemas, ayudarnos mutuamente, adaptarnos con mayor facilidad a las circunstancias, e influir en nuestro entorno para finalmente hacer de éste un lugar mejor ya no sólo para nosotros, a nuestro paso, si no también para las generaciones venideras… o en resumidas cuentas, lo que los compañeros de Las Indias denominan hacer de la vida una vida interesante.

No hay camino. Se hace camino al andar.

En resumidas cuentas, se trata de dar el primer paso que nos permita iniciar el camino hacia una vida interesante. Aunque, ciertamente, puede sonar pretencioso eso de permitirse tener una vida interesante cuando para la mayoría de las personas la vida es más bien miserable, dolorosa, insustancial, aburrida, y supone una lucha constante que nunca termina y que al final apenas nos deja algo digno de recordar. Pero no nos engañemos, pues como hemos visto, en el momento en que nos encontramos de absoluta descomposición social, atrevernos a escapar del desmoronamiento no se trata de ningún lujo, si no que se convierte casi en una obligación. Al fin y al cabo, lo que todas las personas anhelamos es poder ser felices haciendo lo que realmente queremos, y cuando quienes te dirigen no son capaces de hacerlo por tí, se convierte en tu propia responsabilidad perseguirlo.

Quizá hay personas que tienen mayor facilidad para embarcarse en nuevos periplos, cambiar de rumbo o adaptarse a cualquier circunstancia. Pero posiblemente el factor más importante no sea la capacidad innata o la experiencia adquirida previamente (que también), si no sobretodo ser conscientes de que no caminamos ni navegamos sólos por el mundo. Que vivimos rodeados de almas, de sueños y de inquietudes, tantas como personas conviven a nuestro alcance. Alcance que, con la ayuda de las nuevas tecnologías, supera con creces los límites del entorno físico en el cual nacemos o por el cual transitamos. Muchas de esas personas que ya hayan emprendido la búsqueda de su propio destino posiblemente compartan similares objetivos contigo. Y, si realmente has decidido ya emprender el tuyo propio, no tardarás en cruzarte con esas personas. Eso convertirá tu camino en un itinerario compartido, lo que sin duda será de inestimable ayuda mutua. Y así es como, casi sin darnos cuenta, estaremos comenzando a crear comunidad: esa comunidad real capaz, como ya vimos, de hacer real  la utopía.

O quizá te bloquea la duda de no tener claro aún cuál puede ser tu propio camino, ni tan siquiera una pequeña pista, o no saber cómo empezar a recorrer tu propio camino. No te preocupes. Otras personas ya pasaron antes por ese momento y nos han ido dejando algunas herramientas que nos pueden ayudar a resolver por nosotros mismos las posibles dudas.

Una vez que lo tengamos un poco más claro, tan sólo hará falta ese primer paso decisivo: la valentía de hacernos con el control y lanzarnos a mar abierto. Y cuando extendamos ante nosotros la totalidad del mapa, pretendiendo averiguar qué camino tomaremos, es posible que la multitud de direcciones y posibilidades que se presentan realmente nos pueda abrumar. Ese es el vértigo que comentábamos al principio, y al que nos debíamos abrazar sin temor para poder afrontar la vasta realidad que se abre frente a nosotros. Pues aunque ya no dispongamos de caminos prefijados, y sólo tengamos claro el punto de partida, sí que dispondremos de la confianza ciega en que haremos nuestro propio camino al andar.