En la noche del 21 de Marzo, tras “las Marchas por la Dignidad” (que, como antaño, recorrieron Madrid de punta a punta), a quienes les pegaron las palizas, a quienes acorralaron y golpearon brutalmente con odio y ensañamiento, a quienes rompieron sus cuerpos, fue a nuestros hijos. Fue a ellos, a los que dejaron ahí tendidos y magullados en el suelo, a los nuestros. Ellos, pisoteados y abandonados como deshechos en un callejón, no son más que la juventud que viene detrás de cada uno de nosotros. La juventud que quedó cuando la dignidad adulta ya se había marchado.

Brutalidad Policial 21M
Y es que no hay dignidad en quien mira hacia otro lado mientras esto sucede, ni tampoco en quien lo acepta con normalidad, ni en quien no se siente identificado y profundamente dolido. No hay dignidad en quien trata de justificar estas agresiones, ni tampoco la hay en quien ve en nuestros jóvenes una clase diferente o unos simples alborotadores incívicos a los que dejar indefensos.

No hay dignidad en quien culpa a nuestros jóvenes, justificando su tortura. No hay dignidad en quien no entiende que son las personas que vienen detrás nuestro, a quienes les estamos dejando el mundo a nuestro paso tal y como se lo dejamos. No hay dignidad en ninguna de las personas que piensen así, por mucho que antes hubieran marchado con la cabeza bien alta por las calles de Madrid bajo una bandera cualquiera.

Dignidad 21M

Fotografía por Juan Carlos Mohr
From twitter: @juancarlosmohr